domingo, 18 de enero de 2015

Sumido en una oscuridad, 15 de diciembre de 2014

Entretanto el diablo se aproximó a hurtadillas a la luna y ya se disponía a alargar la mano para cogerla, cuando de pronto la retiró, como si se hubiese quemado, se chupó los dedos, sacudió la pierna y lo  intentó de nuevo por el otro lado, pero también esta vez tuvo que apartarse y retirar la mano. 

No obstante, a pesar de esos fracasos repetidos, el astuto diablo no renunció a su aviesa intención. Se acercó de nuevo, agarró la luna con ambas manos, soplando y haciendo gestos de dolor, y se la pasó de una mano a la otra, como hace el campesino cuando coge un tizón con su mano desnuda para encender la pipa; finalmente la ocultó con premura en el bolsillo y siguió su camino como si tal cosa (...) De ese modo, en cuanto el diablo se guardó la luna en el bolsillo, el mundo entero quedó sumido en una oscuridad.

Nicolai Gógol, "La Nochebuena" en Veladas en un caserío de Dukanka

© R.Domínguez - Sumido en una oscuridad










lunes, 5 de enero de 2015

Olores mágicos, 5 de noviembre de 2014

© R.Domínguez - Olores mágicos

Al poco de amanecer, cuando la luz del día es rosada en contraste con el azul ultramar sobre el horizonte, llega con violencia el humo de la hoguera donde queman mezcladas las hojas doradas del otoño con los pétalos de las últimas rosas y las ramas secas de los frutales; una amalgama deliciosa de aromas que corta el aire fresco de la mañana recién nacida impregnado el aire como si fuera una droga que penetrando en mí revive de un soplo, el invierno, la primavera, el verano y el otoño.

Escucho el crepitar de las ramas de la poda, como si fueran un murmullo que calla todos los demás sonidos, los recuerdos de la primavera cuando esperaba verse abrir los capullos de las rosas y la tierra preparada para la siembra tan aromáticamente densa como el humus del bosque. Poco a poco florecieron los frutales, el níspero con su olor secreto, los almendros, los cerezos, todas las rosas desabotonaron sus pétalos, maduraron en verano las frutas y luego poco a poco el bosque se lleno de silencios mientras las hojas de los arboles adornaban de colores dorados y rojos los espacios, el suelo se cubría de una alfombra realmente mágica que ahora al ser quemada me abduce y me hace soñar turbando mi razón con los recuerdos.

(...)






domingo, 28 de diciembre de 2014

El caballero sobre el hielo, 14 de diciembre de 2014

Al principio estaba perdida sin él... Tan sola. Estaba acostumbrada a agarrarme a él todo el tiempo, apoyarme en él, sentirlo cerca. Ahora tengo que sentir mis pies debajo de mí todo el tiempo, porque no hay nadie ahí para sujetarme.
Yekaterina Gordeeva, "Mi Serguéi: una historia del amor"

© R.Domínguez - El caballero sobre el hielo 1

Era un invierno largo y riguroso, y nuestro hermoso río, que discurría por la Selva Negra, permaneció durante semanas completamente helado. No puedo olvidar aquel sentimiento peculiar, de repulsión y hechizo a la vez, con el que al inicio de un día gélido me adentré en el río, ya que éste era tan profundo y el hielo tan claro que dejaba ver, como a través de un fino cristal, el agua verde, el lecho arenoso con piedras, las fantásticas y enmarañadas plantas acuáticas y, de cuando en cuando, el dorso oscuro de un pez.
 Pasaba la mitad del día sobre el hielo con mis compañeros, las mejillas ardientes y las manos amoratadas, el corazón palpitando enérgicamente por el fuerte y rítmico movimiento del patinaje, pletórico de la maravillosa y despreocupada capacidad de fruición de la adolescencia. Nos entrenábamos haciendo carreras, saltos de longitud, saltos de altura, y jugábamos a pillarnos. Los que todavía llevábamos los anticuados patines de bota, que se anudaban fuertemente con cordones, no éramos los que corríamos peor. Pero un chico, hijo de un fabricante, poseía un par de «Halifax», que no se sujetaban con cordones ni correas y que se ponían y quitaban en un abrir y cerrar de ojos. La palabra Halifax se mantuvo desde entonces durante muchos años en mi lista de regalos deseados por Navidad, pero sin ningún éxito; y cuando doce años más tarde, al querer comprar lo mejor en patines, pedí unos Halifax en una tienda, tuve que desprenderme, con gran consternación, de un ideal y de una parcela de mi fe infantil cuando me aseguraron sonriendo que los Halifax eran un modelo viejo, superado ya desde hacía tiempo. 
Prefería correr solo, a menudo hasta la caída de la noche. Iba a toda velocidad, y mientras patinaba, aprendía a detenerme o a dar la vuelta en el punto deseado; me balanceaba con el deleite de un aviador que mantiene el equilibrio mientras describe hermosas piruetas. 

© R.Domínguez - El caballero sobre el hielo 2

Muchos de mis compañeros aprovechaban aquellos momentos sobre el hielo para ir detrás de las chicas y cortejarlas. Para mí, las chicas no existían. Mientras algunos se recreaban en el galanteo, ya fuera para rodearlas ansiosos y tímidos o para seguirlas en parejas con atrevimiento y desparpajo, yo disfrutaba del libre placer de deslizarme. A los «perseguidores de chicas» los observaba sólo con compasión o sorna. Porque gracias a las confesiones de varios de mis amigos, creía yo saber cuán dudosos eran en el fondo sus regodeos galantes. Un día, hacia finales de invierno, de la escuela llegó a mis oídos la noticia de que «Cafre del Norte» había vuelto a besar a Emma Meier al quitarse los patines. ¡Besado! Se me agolpó la sangre en las mejillas. Sin duda, eso nada tenía que ver con las vagas conversaciones y los tímidos apretujones de manos que, de ordinario, bastaban para hacer las delicias de los perseguidores de chicas. ¡Besado! Aquello provenía de un mundo extraño, cerrado, vagamente intuido, que desprendía el aroma exquisito de las frutas prohibidas. Tenía algo de misterioso, de poético, de innombrable; pertenecía a aquel terrible y agridulce territorio, oculto a todos, pero lleno de presentimientos y someramente esclarecido con las lejanas y míticas aventuras amorosas de los héroes galanes expulsados de la escuela.

© R.Domínguez - El caballero sobre el hielo 3

 «Cafre del Norte» era un escolar hamburgués de catorce años, fanfarrón hasta la médula, a quien yo veneraba profundamente y cuya fama, que trascendía los límites de la escuela, a menudo me impedía dormir. Y Emma Meier era indiscutiblemente la chica más guapa de Gebersau, rubia, despierta, orgullosa y de mi misma edad. A partir de aquel día discurrí planes y preocupaciones de índole parecida. Besar a una chica: aquello sí superaba todos los ideales que me había forjado hasta entonces. Era un ideal tanto por lo que representaba en sí mismo como también porque, sin duda alguna, estaba prohibido y sancionado por el reglamento escolar. Pronto se me hizo evidente que nada mejor que la pista de hielo para dar pie a mi cortejo solemne. Acto seguido, procuré mejorar mi aspecto para hacerlo más presentable. Dedicaba tiempo y atención a mi peinado; cuidaba con esmero la limpieza de mi ropa; como seña de hombría, me ponía ladeada la gorra de piel, y tras implorárselo a mis hermanas, conseguí un pañuelo de seda rosa. Al mismo tiempo, empecé a saludar cortésmente a las chicas que me interesaban y constaté que ese desacostumbrado homenaje, aunque sorprendía, no era acogido con desagrado. Me resultaba mucho más dificil, en cambio, llegar a entablar una primera conversación, porque jamás en mi vida me había «comprometido» con chica alguna. Intenté espiar a mis amigos en esta ceremonia de aproximación. Algunos se limitaban a hacer una reverencia y ofrecían la mano; otros tartamudeaban algo incomprensible; pero la gran mayoría se servía de la elegante fórmula: ¿Me concede el honor? La frase me impresionó y la practiqué en casa, en mi habitación, inclinándome delante de la estufa mientras pronunciaba las caballerosas palabras. 

© R.Domínguez - El caballero sobre el hielo 4

 Llegó el momento de dar ese difícil primer paso. El día anterior había tenido veleidades de seductor, pero, acobardado, había vuelto a casa sin haberme atrevido a emprender nada. Por fin me había propuesto llevar a cabo, sin falta, lo que tanto temía y anhelaba. Con palpitaciones, acongojado como si fuera un criminal, fui a la pista de hielo y, al ponerme los patines, creí notar que me temblaban las manos. Me metí entre la multitud y tomé carrera con amplias piruetas procurando asimismo conservar algún residuo de mi seguridad y aplomo habituales. Crucé dos veces la pista entera a gran velocidad; el aire cortante y el movimiento intenso me sentaban bien. De pronto, justo debajo del puente, choque violentamente contra alguien y, aturdido, me fui tambaleante hacia un lado. 

© R.Domínguez - El caballero sobre el hielo 5

Pero sobre el hielo estaba sentada la hermosa muchacha, Emma, que reprimiendo a ojos vista su dolor, me lanzó una mirada llena de reproches. La cabeza me daba vueltas. «¡Ayudadme!», dijo a sus amigas. Entonces, ruborizado, me quite la gorra, me arrodillé y la ayude a levantarse. Estábamos el uno delante del otro, asustados y desconcertados; no dijimos palabra. La piel, la cara y los cabellos de la hermosa chica me azoraban por su novedosa proximidad. Busque sin éxito una forma de disculparme, a la vez que sujetaba la gorra con la mano.

© R.Domínguez - El caballero sobre el hielo 5

 Y, de repente, mientras me parecía tener los ojos nublados, hice mecánicamente una profunda reverencia y balbucí: ¿Me concede el honor? No me contestó, pero tomó mis manos con sus delicados dedos, cuya calidez percibí a través de los guantes, y me siguió. Me sentía como en un extraño sueño. El sentimiento de felicidad, vergüenza, calidez, deseo y turbación me dejaba casi sin aliento. Corrimos juntos un cuarto de hora largo. De pronto, en un descanso, sus pequeñas manos se desasieron delicadamente de las mías, dijo un «muchas gracias» y siguió adelante, mientras yo, con cierta demora, me quité la gorra y permanecí todavía un buen rato en el mismo sitio. Sólo mucho después caí en la cuenta de que durante todo aquel tiempo ella no había pronunciado ni una palabra. El hielo se derritió y no pude repetir mi intento. Fue mi primera aventura amorosa. Pero habían de pasar años antes de que mi sueño se cumpliera y mi boca se posara en los rojos labios de una chica.

El caballero sobre el hielo, Herman Hesse




domingo, 21 de diciembre de 2014

Mi estado de ánimo, 9 de abril de 2014

Siempre he hecho las fotos que más me han apetecido en cada momento, sin tener en cuenta modas ni estilos impuestos. Son fotografías, a veces meditadas, a veces intuitivas. Algunas con un mensaje implícito, otras simplemente estéticas o decorativas, buscando formas, texturas, líneas geométricas, luces…, incluyendo algunas de paisaje, de reportaje-deportes, así como retratos en una interpretación un tanto personal. En definitiva, siempre he tratado de reflejar lo que, desde mi libertad, mi propia creatividad y, principalmente, mi estado de ánimo, me sugerían.
Daniel Herce

© R.Domínguez - Mi estado de ánimo



domingo, 14 de diciembre de 2014

Punto de vista desde la ventana en Lavapiés, 29-11-2014

La primera fotografía que se tomó en toda la historia de la humanidad no es una ‘selfie’, pero sí un paisaje que se avistaba desde la finca del inventor Joseph-Nicéphore Niépce en la región de Borgoña, Francia. Esta imagen fue la chispa que en siglo XX detonó toda una industria, la cual tuvo que adaptarse o morir ante la era digital, y el mejor ejemplo al respecto es Kodak. 

La imagen de Nicéphore conocida comúnmente como ‘Punto de vista desde la ventana en Le Gras’ fue capturada en 1826 y actualmente se conserva en la Universidad de Texas, en Estados Unidos.

“La imagen se elaboró sobre una lámina de peltre (aleación de cinc, plomo y estaño) y registró, tras ocho horas de exposición, el techo de la finca”, afirma el director del Sistema Nacional de Fototecas del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Juan Carlos Valdez Marín.

© R.Domínguez - Punto de vista desde la ventana en Lavapiés