No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones sean perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sean únicos.
Antaño, la certidumbre de obtener en cada instante de mi vida una revelación que no se renovaría nunca constituía lo más claro de mis secretos placeres: ahora muero confuso como un un privilegiado que ha sido el único en asistir a una fiesta que se dará sólo una vez.
Marguerite Yourcenar, El último amor del príncipe Genghi






